MITOS Y VERDADES DE LA CAUSA "CITY HOTEL" - La estructura imaginaria de la secta imaginaria - Segunda parte
MITO
Continuando con las sesudas aseveraciones de Roberto Atilio Falcone, llegamos al punto tres de la supuesta “estructura sectaria” que él da por cierta únicamente por lo que le contaron y por la elocuencia con que lo hicieron, pero sobre todo basándose en el modus operandi de las sectas de casos famosos. En ningún momento el juez se comporta como su cargo exige; más bien se asemeja a una chusma de barrio que escucha los “trapitos sucios” de la vecindad y los acepta como verdad apenas llegan a sus oídos. Con ello exhibe una preocupante falta de pensamiento crítico, discernimiento y, por ende, de ecuanimidad y capacidad de arbitraje.
Sin pericias ni pruebas de ninguna índole que respalden este punto, Roberto Atilio Falcone afirma en su sentencia:
“Los hijos criados dentro de la secta no recibían educación formal y no asistían a la escuela para evitar contacto social y cuestionamientos. Esto generó un déficit severo de socialización.”
Una afirmación de tal gravedad, presentada sin evidencia, revela más sobre la ligereza con que el juez construye su relato que sobre los hechos que pretende describir.
REALIDAD
La imagen que crearon las falsas víctimas, y que los funcionarios de todas las instancias se encargaron de alimentar, fue la de una especie de niños salvajes, analfabetos, criados en cautiverio, que vivían descalzos, sucios, mal vestidos y desgreñados, comiendo pomada de zapatos mezclada con sacarina y durmiendo con los caballos o con los perros en los caniles, sin contacto alguno con la sociedad.
Ninguno de estos relatos se asemeja a la realidad de aquellos niños, quienes llevaban un estilo de vida que muchos sólo podrían soñar, comenzando por el amor y el cuidado que sus padres les prodigaron en todos los aspectos.
Si algo caracterizó la educación y formación que recibieron las falsas víctimas por parte de sus padres, fue la protección —que no debe confundirse con sobreprotección ni con aislamiento social—. La vida del señor Nicosia, de la señora Capossiello y de los padres de aquellos niños, era profundamente social desde el momento en que su trabajo consistía en la atención al público, a través de la enseñanza del Yoga como sistema de equilibrio psicofísico para el desarrollo y el desenvolvimiento integral del ser humano.
Su vida se regía por el respeto hacia todo lo creado y por el discernimiento como método de pensamiento y acción ante cada situación que la vida plantea. Fueron esos principios —basados en la libertad del ser humano y el respeto a todo lo existente— los que el señor Nicosia practicaba y, como padre, promovía en sus hijos con firmeza, comprensión, ecuanimidad y sin violencia. Dichos principios no admitían malos tratos, mentiras, faltas de respeto, discusiones, ni agresiones físicas, entre otros.
De diversas maneras les enseñó a compartir, a no pelear por sus juguetes, a no ser egoístas, a respetarse a sí mismos y entre sí, a ser unidos, a comprender que cada cosa en la vida requiere su tiempo y dedicación, a disfrutar de cada momento y de cada etapa de la vida, a pensar antes de hablar y actuar, a reconocer y aprender de sus errores y valorar sus aciertos, a valorar la dignidad del trabajo, a ser jefes de sí mismos.
Todas las decisiones que aquellos padres tomaron respecto de sus hijos durante su minoría de edad, estuvieron orientadas a facilitarles los medios necesarios para desenvolverse en los distintos aspectos de la vida, promoviendo el desarrollo de su personalidad y de su capacidad de discernimiento, a fin de que, al alcanzar la madurez, pudieran ejercer su libertad y tomar sus propias decisiones.
Dado el rumbo que finalmente tomaron los acontecimientos, resulta evidente que los principios que guiaban la vida de sus padres no les fueron impuestos ni inculcados de forma coercitiva. Por el contrario, fomentaron en ellos la capacidad de ejercer su propio libre albedrío. De otro modo, difícilmente habrían adoptado, al alcanzar la mayoría de edad y la madurez, decisiones y conductas diametralmente opuestas a las enseñanzas recibidas durante su infancia.
_________________________________________________
Uno de los aspectos que debemos destacar —porque los funcionarios judiciales lo convirtieron en un punto central para basar sus actuaciones, enmarcándolo en un cuadro de criminalidad— es el de la educación escolar.
El hecho de no concurrir diariamente a una institución educativa no significa aislamiento social ni déficit de socialización. Había razones bien fundamentadas, que motivaron a los padres a crear un sistema educativo para sus hijos, que les procurara educación de calidad y rendimento escolar y a la vez un entorno sano y tranquilo.
Ir al colegio en edades muy tempranas puede representar para el niño un hecho traumático. Prueba de ello es que no está en su naturaleza acudir al colegio, y muy rara vez encontramos alguno al que realmente le guste estudiar. Lo único que los hace querer volver, es ver a sus amiguitos otra vez.
Para empezar, se interrumpe el sueño reparador del niño al levantarlo temprano por la mañana; aún dormido se lo obliga a desayunar sin hambre, luego se lo expone al frío (en los países invernales) y, ya dentro del colegio, se lo lanza a un ambiente diverso y extraño.
Existe una creencia generalizada según la cual, quien no asiste al colegio no aprende a socializar. Sin embargo, cualquiera que piense con un mínimo de profundidad, sabe perfectamente que el colegio no es la única forma de tener contacto con otros seres humanos. Tal vez sea una de las primeras etapas para ampliar las relaciones personales, pero también una de las más traumáticas para un niño pequeño.
El primer contacto de los niños debe ser con su familia, y las falsas víctimas lo tenían, tanto con su núcleo familiar inmediato como con familiares más cercanos o más lejanos. Además, por la propia naturaleza del trabajo de sus padres, que consistía principalmente en la atención al público, los niños conocieron a numerosas personas y, a su vez, eran conocidos por ellas; nunca estuvieron ocultos ni apartados de la sociedad. Por ejemplo, Jodava acompañaba en ocasiones a su madre y dormía la siesta en un pequeño sofá cama, mientras ella impartía conferencias en un salón contiguo, ante cientos de personas en su carácter de parte integrante de la dirección del Instituto Yukteswar. Dichas conferencias estaban dirigidas principalmente a profesionales de la salud.
Los niños mayores también asistían a una guardería, donde, como el lector sabrá, hay otros niños, y jugaban en las plazas junto a otros chicos, por ejemplo en Plaza Lavalle, frente a los tribunales, en CABA.
Centrándonos ahora en la educación formal, todos los padres que forman parte de esta historia, cuyas vidas fueron, en algunos casos, cercenadas y, en otros, salpicadas por la ponzoña de la mala praxis judicial, habían atravesado experiencias diversas en los colegios donde cursaron su niñez durante las décadas de 1950 y 1960. Estas experiencias abarcaban desde castigos e intentos de abuso, hasta adoctrinamiento e insinuaciones de carácter sexual por parte de maestras y miembros del clero en instituciones educativas católicas, además de una insuficiente profundización en los contenidos académicos. Aun así, conservaban un recuerdo afectuoso de aquellos docentes que habían dejado una huella perdurable en su formación, no sólo por su calidad humana y capacidad de comprensión, sino también por poseer una preparación académica mucho más sólida que la de quienes, como simples autómatas, conducían el proceso educativo de manera mecánica y despersonalizada.
Estas experiencias vividas, junto con su profunda convicción acerca de la libertad del ser humano, llevaron a estos padres a proteger a sus hijos de situaciones similares, así como del adoctrinamiento religioso y político en el ámbito escolar, sin por ello privarlos de la interacción y la integración con su entorno social.
En Argentina, estudiar en casa no es ilegal, pero el Estado lo mira con la misma sospecha con que mira todo lo que no controla. La Ley de Educación Nacional exige la escolaridad obligatoria, pero la Constitución garantiza el derecho a enseñar y aprender. Resultado: una alegalidad funcional. Se puede educar en casa y rendir libre los exámenes, pero el sistema hace sentir que se comete pecado pedagógico. Según la imaginación e invención de Falcone, una modalidad utilizada para “evitar cuestionamientos y aislamiento social”. El alumno libre existe, pero es tratado como una rareza administrativa, una excepción que confirma la regla del aula y la tiza.
La escolaridad argentina, especialmente desde los años cincuenta hasta finales de los setenta, fue un proceso de domesticación más que de formación. En los cincuenta y sesenta, la escuela funcionaba como un templo moral: se enseñaba obediencia, urbanidad y respeto a la autoridad, moldeando cuerpos dóciles y mentes disciplinadas. Pero hacia fines de los setenta, bajo el clima de la dictadura, esa estructura se endureció: la escuela se transformó en un aparato estatal de control, donde el silencio y la conformidad reemplazaron la curiosidad y la palabra. El niño aprendía a callar antes que a pensar, a repetir antes que a crear. La educación dejó de ser un espacio de descubrimiento para convertirse en una rutina moldeadora.
Todo esto contradecía profundamente las creencias de los padres de familia en esta historia, quienes promovían en sus hijos, la imaginación, el análisis, el desarrollo cognitivo y la libertad de pensamiento. En ese contexto, estudiar en casa —aunque fuera “alegal”, por no estar regulado por la ley— significaba preservar la libertad emocional y cognitiva frente a un sistema que confundía educación con obediencia, religión o política. El sistema educativo, tal como estaba planteado, constituía un mecanismo de control más que de formación, y se oponía a las convicciones del señor Nicosia, de su pareja y de sus amigos, acerca de la libertad (no el libertinaje) del ser humano.
En los años ochenta, con el advenimiento de la democracia, la educación argentina entró en decadencia tanto académica como moralmente: la droga y la violencia penetraron en los colegios.
Si bien en Venezuela la vida escolar aún se preservaba en un ambiente relativamente sano, el nivel académico no era ideal y el programa escolar no se cumplía en su totalidad.
La mayor parte de la etapa escolar de aquellos niños, hoy autodenominados “víctimas” transcurrió en Venezuela.
En los años 80, en Venezuela no existía una figura legal que permitiera estudiar en casa como modalidad educativa reconocida. La Ley Orgánica de Educación de 1980 establecía la obligatoriedad de la enseñanza básica y la supervisión estatal sobre los centros educativos. Es decir, el sistema estaba diseñado para que la educación ocurriera dentro de instituciones registradas y bajo control del Ministerio de Educación.
Sin embargo, en la práctica, el país vivía una época donde la burocracia era más simbólica que efectiva. En zonas rurales o en familias con recursos, la educación en casa ocurría de hecho, aunque no de derecho. Los padres podían contratar maestros particulares o seguir programas escolares por cuenta propia, y luego rendir exámenes en colegios del Estado para acreditar los estudios. Así que, en resumen:
Legalmente no estaba regulado por la ley como modalidad formal.
Socialmente se practicaba sin sanción, siempre que los niños rindieran exámenes o demostraran aprendizaje.
Irónicamente, el Estado exigía escolaridad, pero muchas escuelas no cumplían con el programa completo, de modo que estudiar en casa podía resultar más riguroso que asistir al colegio.
Sumado a ello, el proceso judicial sufrido en Venezuela, obligó a las madres de los niños a continuar con la modalidad que ya habían adoptado años atrás, la cual, además, había demostrado ser hasta ese momento muy efectiva y había permitido un excelente rendimiento escolar.
El sistema homeschooling, como se lo denomina actualmente, que los padres de las falsas víctimas habían ideado para sus hijos, consistía en estudiar en tres meses todo el programa escolar anual del Ministerio de Educación, -ministerio que les proveía del programa escolar correspondiente al año en curso y de todos los libros de texto y material didáctico relacionado con dicho programa- además de inglés, biología y otras materias adicionales que no incluían educación sexual, como perversamente insinuaron los fiscales Celis y Fioriti al atacar a la señora Capossiello durante el juicio.
Esa materia no formaba parte del programa escolar.
Resulta curioso cómo estos fiscales, tan groseros como morbosos, no aplican la misma severidad al evaluar la aberración que hoy se inculca en los colegios bajo el nombre de ESI, un sistema que, lejos de ofrecer claridad, termina confundiendo la identidad y la sexualidad de niños cuyo cerebro aún está en pleno desarrollo.
Una materia que debería enseñarse desde un enfoque anatómico y natural del ser humano —indispensable para la continuidad de la especie— además de educativo y preventivo respecto de las enfermedades de transmisión sexual, termina siendo manchada y distorsionada por prejuicios, tabúes y por las injerencias ideológicas propias del mundo adulto, político y religioso.
Los hijos del señor Nicosia y los de sus amigos, estudiaban de manera privada, lo que les otorgaba la libertad de hacerlo en horarios más acordes con el reloj biológico de un niño en crecimiento. Además, su rendimiento académico era muy superior al que suele alcanzarse en los colegios tradicionales, donde la atención se ve afectada por la ansiedad que genera estar en un ambiente extraño y lejos del hogar.
Al finalizar cada ciclo lectivo, rendían examen en una escuela pública llamada Josefina Daviot, junto a otros alumnos de su mismo grado. Generalmente obtenían calificaciones elevadas. Este hecho contradice abiertamente la afirmación de Falcone, quien asevera con ligereza, que “los niños no asistían al colegio para evitar ser cuestionados”. Si ello hubiera sido cierto, jamás habrían concurrido a una institución educativa, ni siquiera para rendir exámenes, ni habrían sido evaluados por docentes pertenecientes al sistema público de enseñanza.
El sólo hecho de presentarse periódicamente ante maestros y autoridades escolares para acreditar sus conocimientos implicaba exponerse al mismo tipo de observación y cuestionamiento que, según Falcone, se pretendía evitar.
Esta metodología les permitía estudiar en un lapso relativamente breve, aprobar los exámenes correspondientes y dedicar el resto del año a las múltiples actividades propias de la infancia.
Aunque el ciclo lectivo tenía una duración de apenas tres meses, las clases se extendían por sólo cuatro horas diarias. Por las tardes dedicaban parte de su tiempo a realizar las tareas escolares y, aun así, les quedaban muchas horas libres para jugar, disfrutar de la piscina durante al menos dos horas al día y cumplir con pequeños quehaceres domésticos, como poner la mesa, rastrillar el jardín o regar las plantas.
También leían, escuchaban música, veían películas y programas de televisión, y disfrutaban de sus series y dibujos animados favoritos.
Las clases muchas veces incluían excursiones y juegos didácticos. Entre ellos, actividades como aprender a cocinar mientras practicaban la lectura, siguiendo las recetas del libro de Doña Petrona, o elaborar listas de compras para ejercitar la escritura y el razonamiento práctico.
Para ejemplificar este punto, cabe mencionar que, poco después de llegar a Venezuela, la señora Capossiello, junto con sus amigas —madres de los otros niños— y la maestra particular, íntima amiga de la familia, organizaron una pequeña escuelita en una de las habitaciones de la casa que alquilaban. Allí instalaron una gran mesa con sillas, un escritorio para la maestra y un pizarrón con tizas blancas y de colores.
Les compraron portafolios del color favorito de cada uno, guardapolvos blancos para los niños más grandes y delantales a cuadros azules y blancos para los más pequeños, que asistían al nivel preescolar. También adquirieron útiles escolares novedosos para la época, como los porta cuadernos: una especie de carpeta con manijas, en la que los cuadernos de distintas materias se sujetaban por las tapas, formando un pequeño maletín.
Además, contaban con cuadernillos de actividades proveídos por el Ministerio de Educación, libros de texto de lengua y literatura, reglas, compases, transportadores, escuadras, lápices, lapiceras, gomas de borrar, sacapuntas, cartucheras, crayones, lápices de colores e incluso plastilina.
Cada uno de los niños —que no eran pocos— tenía su propio set de útiles escolares, y compartían juegos didácticos, como el del cuerpo humano: un muñeco que incluía desde el esqueleto hasta las capas externas del cuerpo, permitiendo aprender anatomía de manera lúdica.
La señora Capossiello, acompañada por los niños, fue personalmente a comprar los uniformes para que cada uno pudiera probarse el suyo en la tienda. Además, el padrino de Maciya, el señor Alfio —dueño de una fábrica textil— confeccionó para todos los niños en edad escolar, y para algunos adultos también, un jogging azul con tres líneas blancas a los lados del pantalón y, en la espalda de la campera, el nombre de cada uno en letras blancas.
En una ocasión, las señoras organizaron un pequeño kiosco con todo tipo de golosinas, para que los niños aprendieran el sistema de compra y venta de artículos, la denominación monetaria venezolana y el manejo del dinero. La actividad resultó tan entretenida como instructiva: cada niño asumía un rol —vendedor o comprador— y practicaba cálculos, intercambio y conversación, integrando el aprendizaje con el juego cotidiano. Pero finalmente lo que más disfrutaron fueron las golosinas, especialmente las monedas de chocolate cubiertas de papel dorado y los caramelos Toronto, unas bolitas de chocolate con corazón de avellana.
Los padres de aquellos niños no procuraron aislar a sus hijos de la sociedad, sino seleccionar los ámbitos en los que se desenvolvían, del mismo modo que cualquier padre decide con quiénes se relacionan sus hijos y qué riesgos procura evitar.
Así, podemos concluir que no es lo mismo socializar que recibir educación formal. Al colegio se va a estudiar; a la plaza, al cine, al parque de diversiones, a la playa, se va a jugar y, además, a socializar. A lo largo de la vida de las falsas “víctimas” hubo eventos de sobra, que demuestran su interacción constante con el entorno y con otras personas.
Por otra parte, la profesora de guitarra, docente de carrera que acudía al City Hotel para enseñar música a los hijos del señor Nicosia, ya adultos, manifestaba su admiración por el elevado nivel intelectual que habían desarrollado mediante aquel sistema de enseñanza privada.
Así pues, frente a la ridiculez de las afirmaciones sobre el supuesto aislamiento, sólo cabe arribar a una conclusión aún más absurda, aunque rigurosamente cierta: la única falta de contacto que padecieron aquellos niños fue la misma que padecemos todos los habitantes del planeta Tierra, la falta de contacto extraterrestre. Fuera de eso, interactuaron con el mismo mundo que todos nosotros, protegidos por la atmósfera terrestre, que además de hacer posible la vida, nos mantiene aislados de buena parte de la contaminación y los peligros del espacio exterior.
Actualización Ⓒ2026
Comentarios
Publicar un comentario