MITOS Y VERDADES DE LA CAUSA "CITY HOTEL" - La estructura imaginaria de la secta imaginaria - Primera parte
MITO
“La estructura de la secta”
El fallo de Roberto Atilio Falcone describe cómo funcionaba la estructura cerrada, coercitiva y jerárquica de la secta liderada por Nicosia, basada en aislamiento, control total y manipulación psicológica.
1. Aislamiento y encierro
La secta mantenía a sus miembros completamente aislados del mundo exterior.
Testimonios coinciden en que “siempre hay una cosa constante que es el encierro; el no poder salir” y que “vivíamos encerrados” .
Se castigaba cualquier intento de contacto externo con votos de silencio o aislamiento.
2. Corte de vínculos familiares
Ludaba dijo: “tuvimos que dejar de hablar con nuestra familia porque ellos eran mundanos”.
El exterior era presentado como contaminante, peligroso y criminal.
3. Eliminación de la educación formal
“lo mundano no sirve”, “se podía contaminar”, “jamás pisó un colegio” .
Esto generó un déficit severo de socialización.
4. Construcción de identidad sectaria
Se describe como “adormilamiento de la identidad personal” y “activación crónica de la identidad social de sectario”.
5. Estigmatización de quienes se iban
Cualquier miembro que abandonaba el grupo era difamado:
“tenía mal la cabeza, andaba en las drogas” o “se había prostituido” .
Esto generaba miedo y evitaba deserciones.
6. Negación y cinismo de los miembros leales
7. Estructura piramidal
La secta tenía una organización vertical y totalitaria:
Nicosia: líder absoluto (“gurú”, “padre”).
Silvia Capossiello: mano derecha, administradora, disciplinadora, justificaba y reforzaba la violencia.
Velázquez: psicólogo, captador de nuevos miembros, organizador del instituto de yoga.
Coronado Acurero y Fanesi: apoyo funcional y económico.
Hijos de Nicosia: jerarquía interna entre mayores (con poder) y menores (sumisión total).
8. Manipulación de filiaciones
Los hijos eran inscriptos como descendientes de otros hombres para ocultar la paternidad de Nicosia, salvo un caso.
9. Control económico y explotación
Se mencionan explotación laboral, recaudación de dinero y control total de la información.
Síntesis final
El texto afirma que la secta funcionaba como una organización cerrada, coercitiva y jerárquica, basada en aislamiento extremo, manipulación psicológica, ruptura de vínculos familiares, negación sistemática de abusos y una estructura piramidal que permitía a Nicosia ejercer control total durante décadas.
REALIDAD
La estructura imaginaria de la secta imaginaria
Como hemos venido documentando desde el inicio de esta denuncia pública, la “causa City Hotel” se fundamenta sobre una denuncia falsa.
El fallo se presenta como una verdad institucional absoluta, pero desde el momento en que la denuncia es falsa, esa “verdad” es una ficción legitimada por el aparato judicial..
La sentencia utiliza testimonios seleccionados, interpretaciones psicológicas y citas académicas para dar apariencia científica a una historia fabricada.
El juez no investiga la posibilidad del engaño, sino que parte de la premisa de que la secta existía, y todo lo demás se acomoda a esa idea.
Esta afirmación proviene de testimonios manipulados, por lo tanto el texto se convierte en una pieza de propaganda judicial, no en un análisis objetivo.
El fallo emplea un lenguaje emocional y moralizante —“cerrado”, “fanático”, “cínico”, “inverosímil”— que predispone al lector a creer en la culpabilidad antes de examinar las pruebas y utiliza un lenguaje que funciona como una herramienta de sugestión institucional, donde el juez actúa como narrador omnisciente y el acusado como personaje ya condenado.
En su sentencia, Roberto Atilio Falcone no contempla la posibilidad de falsedad o manipulación en los testimonios. Todos los relatos de las supuestas víctimas y los testigos que las favorecen, son tomados como una verdad incuestionable.
Las declaraciones de los testigos a favor de la defensa y que contradicen la versión oficial son calificadas de “inverosímiles” o “cínicas”, lo que revela una justicia que no escucha, sino que clasifica.
El fallo recurre a teorías sobre manipulación mental y coerción para explicar el comportamiento de las víctimas, pero ese recurso teórico no hace más que justificar la inexistencia de pruebas materiales: se reemplaza la evidencia por el discurso psicológico.
Haciendo uso y abuso de su autopercepción de “científico de la ley” Roberto Atilio Falcone se refugia en la ciencia para sostener la ficción.
Este capítulo de “La estructura” es una operación de legitimación institucional: el sistema judicial se presenta como salvador frente a un mal absoluto (la secta), reforzando su autoridad moral que busca convencer y crear credibilidad pública.
El juez se convierte en autor de una historia que sirve más para proteger la imagen del poder judicial que para revelar la verdad. De revelarla, la causa no existiría.
Este capítulo del fallo demuestra una vez más que la sentencia no se basa en una investigación, sino que es una narrativa institucional que transforma relatos en certezas, se apoya en testimonios seleccionados y teorías psicológicas que sustituyen la prueba inexistente.
En este capítulo en particular, vamos a analizar y desmentir uno por uno, todos los relatos en los que se basó Falcone para crear su verdad ficticia.
RELATO
Durante su infancia residió con ellos y su hermano Pava en un departamento de dicha ciudad.
La crianza y educación de ambos niños dependían exclusivamente de sus progenitores.
Su padre era óptico de profesión, y su madre, además de ser docente matriculada, también ejercía como óptica optometrista, por lo que trabajaba junto a su esposo.
El señor V.V. conoció al señor Nicosia en el conocido café-bar La Academia, donde solían jugar al billar.
Posteriormente, el matrimonio asistió a clases de Hatha Yoga en el Instituto Yukteswar. Sus hijos no participaban de esas actividades; quedaban al cuidado de familiares maternos que también vivían en CABA, y muchas veces Dava, por ser el mayor, asistía a una guardería.
En 1978, el padre de Dava, preocupado por la inseguridad que se vivía en Argentina, decidió emigrar con su familia a Venezuela. Para financiar el viaje, vendió un automóvil (que ya había comprado usado en la embajada de USA en Argentina) a un empleado de su óptica y con ese dinero compró los pasajes.
La familia se instaló en Caracas, en el edificio La Línea, ubicado en Las Acacias, sobre la Avenida Libertador, donde comenzó una nueva etapa de su vida.
Dava conocía al señor Nicosia solo de vista, ya que eran sus padres quienes mantenían con él una estrecha amistad.
Durante su estadía en Venezuela, cuando Dava tenía alrededor de tres años, las familias se reunían en fiestas navideñas y de fin de año en la casa alquilada por el señor Nicosia y su pareja, situada en la Urbanización Club de Campo, un seguro complejo residencial de viviendas unifamiliares (country) ubicado en San Antonio de los Altos, Estado Miranda, Venezuela.
En esas ocasiones compartían comidas típicas argentinas y se organizaban juegos y regalos para los niños. En una de esas celebraciones, el señor Nicosia y sus amigos compraron obsequios que incluían juguetes, electrodomésticos, juegos tecnológicos de última generación para la época y equipos deportivos, tanto para niños como para adultos.
Durante esa convivencia, Jaza, hijo de una de las señoras y de alrededor de ocho años de edad, realizó un acto peligroso al caminar por la cornisa del edificio, llevando consigo a sus hermanos menores y a Dava y Pava, todos ellos menores de seis años, poniendo en riesgo sus vidas.
El hecho fue presenciado por el Dr. Raymond Aguiar, quien se encontraba conversando con las señoras y realizando pericias para la defensa de los imputados.
Jaza mostraba conductas temerarias desde temprana edad, enfocadas principalmente en dañar a terceros. Fue su propia madre quien más adelante en el tiempo, reconocería que su hijo había heredado esas características de su herencia familiar, concretamente de su abuelo materno.
A raíz de este hecho, las señoras decidieron mudar temporalmente a sus hijos a un departamento alquilado por sus amigas —también afectadas por el proceso judicial— en el sexto piso del edificio Adícora, ubicado en la Avenida Principal del Cafetal, Municipio Baruta, Caracas. Una de las inquilinas, a quien llamaremos señora D., asesorada por abogados y de común acuerdo con los hermanos Jaya y Raya, principales imputados en la causa por femicidio y propietarios de la empresa Representaciones Río de La Plata, dedicada a la venta de muebles, lámparas y objetos de decoración, decidió asumir la dirección del negocio, que había quedado a la deriva a causa del proceso judicial, para evitar su quiebra y proteger a las familias involucradas. La señora D. alquiló una casa de dos plantas llamada Quinta Garbo, ubicada en la Avenida Orinoco —al final de la Calle París—, en la Urbanización Las Mercedes, Municipio Baruta, Caracas. Allí vivía en la planta alta, que adaptó como vivienda, junto a su hijo Jodava, quien entonces tenía diez años. Luego de poner en orden la contabilidad y saldar las deudas con los proveedores de Representaciones Río de La Plata, cerró la empresa y emprendió un nuevo negocio, abriendo un local a la calle en la planta baja de la casa, dedicado al mismo rubro, esta vez con atención al público y ventas en todo el país. A su nuevo emprendimiento lo llamó Darma’s Bazaar
Gracias a la buena relación comercial que mantuvo con proveedores y vendedores co los que trabajaba Representaciones Río de La Plata,, la señora D. pudo ampliar su negocio y consiguió alquilar, además, un penthouse en el edificio Kiruna, ubicado en la Calle La Guairita, barrio La Carlota (Chuao), en Caracas. Compartió el alojamiento y los gastos de este departamento con otra de sus amigas afectadas por la causa judicial, madre de Jalana, hijo reconocido por el señor Nicosia.
Con el objetivo de asegurarle el uso pleno de sus manos y, por lo tanto, su autonomía futura —ya que contaba con dos pulgares y tenía dificultades para sostener cubiertos o realizar tareas cotidianas—, sus padres decidieron que fuera intervenida por el Dr. Pedro Luis Dogliotti, eminente médico argentino, reconocido como brillante cirujano plástico, estético y reparador, especialista en cirugía de mano y reconstructiva pediátrica (hoy fallecido).
El mismo profesional había operado anteriormente a su hijo mayor, Emaya, mencionado en estas páginas y cómplice pasivo en la denuncia falsa contra sus padres..
Dado que existía un límite de edad para realizar la intervención, la señora Capossiello debió viajar con urgencia, ya que la niña tenía dos años y no podía demorar más el procedimiento.
El hecho de que su esposo fuera detenido e imputado dejó a sus tres hijos mayores — pero aún menores de edad— sin la presencia de sus progenitores en Venezuela. Aunque habían quedado al cuidado de una amiga, se encontraban desprotegidos ante la ley, corriendo el riesgo de ser apartados de su familia por los servicios sociales del Estado.
La señora Silvia Capossiello, quien inicialmente se alojó en el departamento del padre del señor Nicosia, consiguió —con ayuda de amigos y con sus propios ahorros— alquilar una amplia casona en Palermo para ella y sus cinco hijos.
Con el apoyo de una querida amiga de la familia, que la ayudó a cuidar a los niños y a acondicionar la vivienda, la señora Capossiello se dedicó a brindarles todos los cuidados que una madre puede ofrecer, procurando que nada les faltara.
Durante esta estadía en Argentina, los niños salieron en distintas oportunidades con su abuela materna y conocieron a otros familiares de la señora Silvia.
Mientras tanto, su hija menor —recientemente operada de las manos— atravesaba el postoperatorio tras dos intervenciones quirúrgicas.
La señora Silvia también debía someterse a una cirugía con su ginecólogo de confianza, pero debido a la situación judicial en Venezuela por el femicidio cometido por su cuñado, la operación de su hija y la falta de recursos económicos, decidió postergar su propia intervención hasta poder afrontarla.
En ese período, se encontraba tramitando la inscripción escolar de sus dos hijos mayores, Maciya y Emaya, trámite que no llegó a concretarse, ya que una vez recuperada su hija menor y en condiciones de viajar, regresó a Venezuela para colaborar en la recaudación de fondos destinados a la defensa de los imputados.
La casa tenía dos plantas:
Planta alta: cuatro habitaciones, tres de ellas con baño en suite; tres terrazas con barandas, dos con acceso directo desde las habitaciones y una desde el pasillo central; además, un hall de estar amplio donde cabían cómodamente un juego de sillones y un comedor.
Planta baja: hall de entrada, toilette, cocina equipada con anafe, dos hornos eléctricos verticales, electrodomésticos de última generación, un amplio desayunador con despensa, habitación de servicio con baño, y un pasillo que comunicaba con un gran patio parcialmente techado y el garaje.
Dentro de la casa había una habitación con baño en suite, una biblioteca con mesa de billar, libros y televisión, un comedor con mesa para más de veinte personas, un mirador con puertas corredizas que daban a la galería y acceso a la piscina semiolímpica. También contaba con un recibidor y un living con televisión, equipo de sonido y consolas de videojuegos. El living comunicaba con la galería, el jardín y la piscina.
La vivienda disponía de aire acondicionado central y sistema de hilo musical en todas las habitaciones, la cocina y la galería.
Esta casa de playa fue utilizada como residencia para los hijos de las distintas familias y como casa de fin de semana para los adultos que trabajaban en Caracas, haciendo posible el despreocupado pasar de los niños (hoy autoproclamados víctimas) en aquel paraíso tropical.
La casa se alquiló con el propósito de proteger a los niños y mantenerlos lejos de la mirada y el acoso de los medios debido al caso judicial. Por ello, sus madres improvisaron una pequeña escuela donde los niños estudiaban durante tres meses, siguiendo el programa escolar del Ministerio de Educación venezolano, y rendían los exámenes de fin de curso en la Escuela Josefina Daviot, en Caracas, junto a otros niños de su edad.
Los nueve meses restantes se dedicaban a jugar. Entre sus juegos, solían pasar a los terrenos vecinos —descampados— donde jugaban solos durante horas.
Tenían vecinos cercanos, entre ellos se destacaba un reconocido periodista, abogado y empresario venezolano, dueño de RCTV (Radio Caracas Televisión), canal 2: el señor Marcel Granier.
La casa se encontraba cerca de los principales hoteles de la costa, como el Macuto Sheraton y el Meliá Caribe. Los niños solían desayunar en los restauantes de ambos o hoteles o en restaurantes de la localidad, cada vez que se fumigaba la casa para mantenerla libre de insectos, comunes en las zonas caribeñas.
Con frecuencia acompañaban a sus madres a realizar compras, acudir al médico, vacunarse, adquirir ropa y alimentos, o simplemente pasear. También participaban en actividades escolares y excursiones, como la visita a la Quebrada de Anare, un oasis natural ubicado en La Guaira, organizada por su profesora de Biología y Ciencias Naturales, madre de Safala, hoy también autoproclamada “víctima”.
En ocasión de la visita de la abuela materna de los hijos de la señora Capossiello a la casa, fue Maciya quien la acompañó a recorrer el pueblo y los jardines del Hotel Macuto Sheraton y del Meliá Caribe
Algunos de los niños viajaban con frecuencia a Caracas para pasar unos días en los departamentos que sus madres mantenían allí.
A mediados de la década de 1980, Dava y Pava regresaron a la Argentina junto a su madre. El señor V.V. permaneció algunos años más en Venezuela, trabajando en la empresa pesquera propiedad del señor Coronado.
Durante la estadía de la señora Silvia Capossiello con sus hijos en Mar del Plata, a pesar de estar embarazada de su sexto hijo, una vez más ayudó a sus amigas cuidando de sus niños, quienes aún eran menores de edad. Las asistía en la educación de los pequeños con profesoras matriculadas y les brindaba espacios de esparcimiento.
Todos los niños —hijos de sus amigas y de los trabajadores del hotel perteneciente a las primas mencionadas al comienzo de este recuento— se reunían para estudiar, jugar y ver televisión en el salón de usos múltiples ubicado en el sexto piso, generalmente bajo la supervisión de algún adulto disponible.
Veían los programas que se transmitían por los canales de televisión marplatenses. Algunos de ellos eran:
Calabromas
Feliz Domingo Para la juventud
Atrévase a soñar con Berugo Carámbula
Mesa de Noticias
No toca botón
El deporte y el hombre
El auto fantástico
Los Tigres Voladores
Brigada A
Hulk
He-Man
She-Ra
Los Pitufos
Thunderbirds
Cine de Trasnoche Aurora Grundig
En el salón del sexto piso, la señora Silvia Capossiello les enseñó a patinar. Cada uno de los niños —no menos de diez, entre ellos Pava y Dava— tenía su propio par de patines y el equipo completo de protección para codos y rodillas.
Una vez que lograron estabilidad, Silvia Capossiello, junto con algunas de sus amigas, los llevaba casi todas las tardes a la Playa Bristol y luego los niños patinaban en La Rambla o jugaban al fútbol en la arena.
En una de esas ocasiones, un hombre mayor que estaba sentado en el muro que da a la playa, junto a otras personas que observaban a los niños jugar, dejó caer un encendedor en la arena y le dijo a Pava, el menor de los hermanos: “Negrito, alcanzame el encendedor…”.
Ante esa actitud, la señora Capossiello intervino de inmediato en defensa del niño, que entonces tenía alrededor de siete años, y le respondió al hombre que el niño no era su sirviente. Le recriminó su racismo y su falta de respeto al dirigirse de ese modo al pequeño, instándolo a que bajara él mismo a buscar su encendedor.
A comienzos de la década de 1990, la señora D.E., madre de Dava y Pava, comenzó a trabajar en el City Hotel, tras enterarse de que su amiga, la señora D., había regresado de Venezuela junto a su hijo, su hermana y sus sobrinos. Desde 1986, la señora D. venía intentando comprar el hotel, pero —como se detalla en el capítulo dedicado a la historia del City Hotel— fue víctima de una estafa orquestada por el abogado R.D.B., “amigo” de la familia, y por el apoderado de los propietarios originales del establecimiento, el abogado Andrade.
Durante su adolescencia, Dava y Pava tomaron clases de artes marciales en un instituto, junto con Jaza, sobrino de la señora D. y, por lo tanto, primo de Jodava.
El hermano menor, Pava, alcanzó excelentes resultados en esta disciplina, lo que le permitió obtener una beca para competir en los Estados Unidos, donde viajó para participar en el evento.
Esta aclaración resulta pertinente, ya que Jodava declaró haber vivido aislado del mundo, y Ozeta, otro de los confabulados en la denuncia falsa, afirmó que la salud no era atendida en ningún nosocomio y que sólo debían arreglarse en casa como pudieran.
Sin embargo, el hecho de su internación en una de las clínicas más prestigiosas de Caracas desmiente categóricamente esa versión.
En el año 2006, Dava se retiró del hotel para iniciar sus propios emprendimientos, dedicándose a la actividad de técnico en computación.
Sin embargo, a mediados de 2015, Jodava —quien desde 2002 venía planificando su venganza tras haber sido expulsado del hotel por su propia madre, al descubrirlo cometiendo delitos de estafa y robo durante su “trabajo” allí— le escribió a la señora D., afirmando que Dava estaba en peligro porque había pedido dinero prestado a unos prestamistas. Según su relato, al no devolverlo, lo amenazaban con “romperle las piernas” si no conseguía el dinero para pagar.
Cabe destacar que esta fue una de las tantas estratagemas utilizadas por Jodava para intentar obtener dinero del hotel, aunque sin éxito.
De ello puede deducirse que, desde el año 2006 —cuando Dava se alejó del hotel—, se reunió nuevamente con Jodava para aliarse en el plan que ya se venía gestando contra el señor Nicosia, su familia e incluso contra su propia madre.
Unos meses después, Dava y Pava visitaron a sus padres en el hotel. Al llegar, se les informó que su madre no se encontraba, y ambos comenzaron a amenazar con llamar a la policía, lo cual nadie les impidió.
Poco después, la señora D.E. regresó de su cita médica —ya que debía realizarse controles por padecer una enfermedad oncológica— y los atendió en el jardín del hotel, por razones de privacidad y aprovechando el clima agradable, a pesar de que el sol ya se había ocultado.
Sentados en un juego de sillas de patio, conversaron ampliamente sobre cuestiones familiares y personales. Al preguntarles si deseaban ver a su padre, ambos se negaron rotundamente.
El hecho de haber intentado llamar a la policía cando efectivamente, la señora no se encontraba en el edificio, demuestra que toda la pantomima de llamar a la policía formaba parte del plan de Jodava —quien estaba detrás de esta supuesta visita— para extorsionar al personal del hotel con el conocido argumento de que “la secta tenía secuestrada a su madre”. Todo les salió al revés.
Podríamos extendernos más, pero como hemos señalado, cada mentira de las supuestas víctimas y testigos amerita un capítulo aparte. En este punto hemos destacado ejemplos concretos que contradicen la “elocuencia” a la que se refiere Falcone respecto de las declaraciones de Dava.
Actualización Ⓒ2026
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